No fue ni lo más heroico, ni lo más traumático, ni lo más emocionante que me haya pasado en la vida. Pero resulta una anécdota que se me quedó grabada aunque fuera una tontería. Es graciosa, la verdad.
Resulta que hace unos años, cuando todavía vestía pantalones de tirantes y camisas a cuadros, volvía a casa con mi amigo Jaime en el metro de Bilbao después de haber pasado una divertida tarde en el parque de atracciones. Estábamos en Navidad y el vagón se encontraba atestado de ciudadanos inquietos que regresaban a sus hogares después de ultimar sus compras navideñas. Los transeúntes nos agolpábamos contra los asientos, en los pasillos, junto a la puerta,...en todas partes. Por desgracia, Jaime y yo tuvimos la mala suerte de ir a parar a una esquina del vagón aplastados por un aldeano canoso y regordete con cara de pocos amigos. El anciano en cuestión no paraba de maldecir por lo bajo con tacos que yo jamás había escuchado y que nunca hubiera imaginado que existieran. El hombre desprendía un fuerte hedor a vino barato.
Pasábamos estaciones y el metro se iba descongestionando paulatinamente conforme nos alejábamos de la gran urbe. Aún así, no había ni un espacio libre en los asientos que en el metro de Bilbao se caracterizan por ser de color rojo. ¡Dichosos asientos rojos! Mis flacuchas piernas no aguantaban tanto tiempo de pie, y más aún después de una larga tarde haciendo el paripé de mil formas diferentes en las atracciones con Jaime que en ese momento cedía al cansancio y dormitaba placidamente con la cara aplastada contra el cristal del vagón.
Cuando ya había perdido toda esperanza de terminar el trayecto cómodamente sentado, una señora atestada con bolsas de regalos levantó sus gordas piernas y dejó ver a los ojos de todos, el deseado asiento de color rojo. “Esta es la mía”, pensé. Y me solté de la barra para correr desangelado hacia el asiento. Cuando ya rozaba con mis dedos la suave textura del reposabrazos del asiento, una mano me agarró con fiereza por el hombro para después agitarme con fuerza. Giré la cabeza lentamente, asustado. Y me encontré de bruces con el viejo de los tacos originales.
-¡¿Pero qué clase de educación es esa niñato!?- me gritó el señor escupiéndome cada una de las palabras- ¿No te han enseñado en tu “casita” a ceder el asiento a persona mayores? Todos los jóvenes de hoy en día sois unos jodidos mimados. No valéis ni un carajo. Ya os enseñará la vida, ya os enseñará- dijo. Yo me quedé petrificado. No sabía qué hacer. Los alaridos habían despertado a Jaime que me miraba asustado desde la esquina del vagón. El aldeano me soltó y se acercó dando tumbos hacia el asiento. Tenía que decirle algo al hombre para demostrarle que yo no era un maleducado como el resto de los niños que había mencionado y lo único que se me ocurrió fue decirle: “Pues en mi casa sí que me han enseñado a ceder el asiento a viejos como tú”, dije con la voz más educada y cordial que pude. Pero mis palabras no le debieron agradar porque el hombre se dio la vuelta rojo de ira y mirándome fijamente a los ojos me chilló mientras se señalaba la cara: “¡Tócame la nariz!- yo no entendía nada- ¡He dicho que me toques la nariz!”. Y al ver que yo no reaccionaba se apretó con el dedo su propia nariz hasta hundirla como si fuera de goma.
- ¡Este viejo que tienes delante ha sido boxeador durante 30 años así que guárdale el respeto niñato!
Me quedé paralizado por el miedo y justo cuando pensaba que me iba a romper la cara, Jaime me agarró de la camisa a cuadros y me empujó fuera del vagón. Las puertas se cerraron y el anciano seguía gritándome desde dentro apretándose la nariz con el dedo. Ahí es cuando decidí dejar de lado mi buena educación y mostrarle al boxeador el único gesto soez que me había enseñado mi hermana hasta la fecha: con lágrimas en los ojos le hice un rápido corte de manga y me largué corriendo lloriqueando.
Desde aquel día he aprendido a ceder el asiento a las personas mayores en el metro y no porque tema que me vayan a amenazar hundiéndose la nariz, de verdad.
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aunque sea dramático, no he podido parar de sonreír en todo el texto...como podías ser tan mono????me ha encantado!
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