Cecilia leyó una y otra vez la dirección para asegurarse de que no se había equivocado. Se hallaba frente al portal de un viejo edificio que transmitía una cierta tristeza. Unos negros barrotes cruzaban diagonalmente la puerta de acceso y, prácticamente invisible por la oscuridad, un pequeño letrero rezaba el nombre de la calle: Avenida Zubeltia. A su lado, dibujado en el cristal, un blanco veintitrés indicaba el número de la travesía. Aquellas señas coincidían con los trazos nerviosos anotados en la pequeña cuartilla arrugada que la joven muchacha agarraba con fuerza. Eran las indicaciones que le había dado su madre durante la conversación telefónica que había cambiado trascendentalmente su vida.
Su abuela Cecilia había fallecido unas semanas antes. Ahora no tenía nadie con quien vivir en Quito, su ciudad natal. Nunca llegó a conocer a su padre, ya que, tal y como su abuela le explicó en incontables ocasiones, desapareció en cuanto supo que su novia estaba embarazada. De su madre tampoco conservaba ningún recuerdo. Cuando ella aún era muy pequeña, se marchó a Bilbao, la ciudad en la que ahora se encontraba, en busca de una vida mejor con la que poder mantener a su madre y a su hija. Todos los meses llegaba a su casa de Quito un sobre con 500 euros y una carta en la que procuraba narrar algún suceso destacado de su vida en España. Gracias a ellas sabía que su madre trabajaba de dependienta en una ferretería de la Gran Vía y que se había casado con un apuesto español.
Y allí estaba ella, delante de lo que seguramente sería su nuevo hogar. Se le presentaba una nueva vida, pero no era una idea que le entusiasmara, es más, se sentía desconfiada e insegura. En su interior se daban cita sentimientos contrapuestos de emoción y de angustia: ¿Cómo sería su madre? ¿La querría y le cuidaría tanto como lo había hecho su abuela, o por el contrario, la mantendría en su casa como una carga, explotada y trabajando todo el día para ganar dinero?
Al fin se decidió a pulsar el timbre. Ya no podía echarse atrás. Permaneció a la espera mientras se removía el pelo y recordaba las frases que tenía pensado pronunciar. La respuesta se hizo esperar. Una voz con un acento desconocido para ella sonó desde el telefonillo:
—¿Diga?
—Sí… Soy, eh… Cecilia Meneses, la hija de Consuelo, que…
—Pasa, pasa. Basta con que empujes la puerta.
Y colgó. Enseguida, Cecilia, más impaciente que nunca, apoyó su cuerpo contra la puerta y ésta se abrió. Arrastró la maleta, alcanzó el ascensor y subió hasta el quinto piso. Justo cuando se disponía a empujar la puerta, alguien lo hizo desde el otro lado y se dejó ver. Se notaba que no había querido asustar a la recién llegada, pero sí impresionarla. Un hombre alto, con el pelo largo y canoso y un rostro alargado, le miró fijamente a través de unas lentes de plástico. No le dirigió palabra. Tan sólo inclinó la cabeza hacia abajo. Cecilia no supo cómo interpretar aquello. Se decidió a pronunciar las primeras palabras:
—Eh… Buenas noches.
—Hola, buenas noches —respondió él. Tenía una voz seca y desgastada, seguramente, por su adicción al tabaco. No se movió de su sitio. Sin lugar a dudas, esperaba que ella llevara la iniciativa de la conversación con cualquier tema.
—Me llamo Cecilia —le tendió la mano—. Verá, vengo desde Ecuador. Supongo que mi madre le habrá hablado de mí… Ella me ha contado algo sobre usted, sabía que…
—Disculpe, ¿me permite? —avanzó hasta el interior del ascensor—. ¿Se queda entonces en esta planta?
—Eh…Sí, pero…
—De acuerdo. ¿Puedo pasar, entonces? Gracias.
Cecilia, confundida, salió del ascensor.
—¡Cecilia!
Una mujer de baja estatura y rasgos latinos acababa de abrir una de las puertas que daban al rellano y, al ver a su hija, se lanzó sobre ella y la cubrió de besos.
—¡Qué alegría verte! ¿Cómo estás? —enseguida giró la cabeza y reparó en el hombre del ascensor—. Buenas noches, Andrés. ¿Hay novedades?
—No, señora. Desde que sustituí a José en la portería no ha pasado nada interesante.
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ResponderEliminarmuy bueno fidel!! sigue estando a la altura de los anteriores. muxo animo q esta de lujo!
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