lunes, 8 de febrero de 2010

Un cambio trascendental

Caminaba deprisa por el largo pasillo de mármol que conducía a la sala de prensa; el golpeteo de mis zapatos castellanos contra el suelo había alentado, seguramente, a la masa de periodistas que había convocado y que se encontraban detrás de la puerta, justo enfrente de mí. Me detuve al llegar ante ella. Respiré hondo, me retoqué el pelo y con una mano sudorosa bajé la manilla. Por un momento, el miedo paralizó mi cuerpo: sabía que aquella rueda de prensa cambiaría radicalmente mi vida. Pero la decisión ya estaba tomada. No había vuelta atrás. Me llené de valor y apoyé mi cuerpo contra la puerta, que, suavemente, se abrió.

Asomé la cabeza y me dirigí titubeante hacia la mesa, intentando aparentar serenidad y ocultar mi nerviosismo. Esbocé una sonrisa forzada. Cientos de flashes me cegaron repentinamente los ojos y los escasos murmullos que aún se escuchaban en la sala se mezclaron con el ruido de las máquinas de fotos, que disparaban sin cesar.

Antes de sentarme en una silla, junto al jefe de prensa, alcé la cabeza tímidamente para observar lo que se encontraba ante mí: una muchedumbre de periodistas abarrotaban la inmensa sala y todos ellos tenían los ojos fijos en mí. Ya habían dejado de sacar fotografías y ahora estaban expectantes.

Por fin, reposé mi cuerpo sobre el asiento giratorio e, impulsándome hacia delante, enderecé el micrófono. Ahora apuntaba directamente hacia mi boca. El silencio en la estancia era total. Todos esperaban que enseguida me decidiera a pronunciar las primeras palabras. Pero yo no me veía todavía con las fuerzas suficientes para afrontar aquello.

Las cosas, eso sí, podían ir peor de lo que esperaba, tal y como ocurrió entonces. Mack Crow, el jefe de prensa, me susurró al oído:
- Modera tu tono de voz. Ya sabes: selecciona bien tus palabras y sigue el plan establecido. Nos retransmitirán en directo. Ni siquiera han dejado el margen acostumbrado de cuarenta segundos para los imprevistos. Bueno, ya sabes, lo de siempre.

Asentí con la cabeza y tragué saliva; no había imaginado que esta rueda de prensa iba a generar tanta expectación. Aunque llevaba días pensando sobre las palabras que dirigiría al mundo entero, en aquel momento me sentí súbitamente incapaz de iniciar la primera frase. Bajé la cabeza cerrando los ojos y unas palabras retumbaban en mi cabeza “No puedo, no puedo”…. Al abrir los ojos, me encontré con mi mano derecha en cuyo dedo anular brillaba un reluciente anillo de oro. Sin saber muy bien por qué, aquella visión me llenó de coraje.

Con una voz temblorosa comencé mi discurso:

- Buenos días, supongo que les extrañará tanto como a mí que les haya convocado hoy aquí sin ningún motivo aparente. Pero lo cierto es que llevo tiempo, años quizás, reflexionando y recapacitando acerca de algo que por fin, después de tanto tiempo, he decidido sacar a la luz. Con el apoyo y consejo de mi mujer, que ha sido en la única, realmente, en quien he podido confiar, he llegado a la conclusión de que el mundo entero debe saber la verdad. Seguramente, habrá muchas personas que preferirían no enterarse de lo que voy a revelar, ya que a veces la ignorancia es el mejor sedante para muchos de los problemas que nos rodean en el día a día. Créanme: lo que voy a contarles a continuación cambiará el rumbo de la historia; seguramente es el secreto de mayor trascendencia que he guardado en toda mi vida. Soy consciente de que a muchos les perjudicará, y por eso temo por mi vida más que nunca y…

Entonces, levanté la cabeza (como estaba previsto) y miré fijamente al periodista que estaba apoyado en una columna. De repente, estiró su brazo derecho y me apuntó con una gruesa pistola negra directamente a mi frente. El terror me invadió el cuerpo pero justo entonces, en el momento más importante, mi alergia a los ácaros me jugó, de nuevo, una mala pasada, y solté un fuerte estornudo.

Como me temía, al momento se oyó la voz de Steven:

-¡Corten!- y todos los operarios miraron hacia el director. - ¡Jack! Estoy harto de tus estornudos. ¡Contente! Es la quinta vez que tenemos que parar por esto-, me gritó irritado señalándome con su dedo índice.
- Lo sé, Steven- respondí humillado- pero esta mesa está llena de polvo y me es imposible aguantarme.
- Bueno… no te preocupes- dijo mientras se acomodaba en su asiento- pero esta vez quiero que cuando bajes la cabeza y mires el anillo te resbale una lágrima por la mejilla ¿De acuerdo?

Asentí con la cabeza y me levanté de la silla. Abandoné la sala dando un ligero portazo: como ya me habían advertido, trabajar con Steven era más difícil de lo que aparentaba porque le encantaba exigir cosas imposibles. ¿Cómo iba a poder contener un estornudo, con mi colosal alergia? Pero, claro, por eso era uno de los directores más prestigiosos de Hollywood. Y por algo yo era un joven e inexperto actor. Había depositado toda su confianza en mí y no podía fallarle justo ahora, en la escena más importante del rodaje. Realmente esa rueda de prensa podría convertirme en un actor de primera línea.

Así que, tras oír la voz de Steven gritando “¡Acción!”, por un momento, el miedo paralizó mi cuerpo: sabía que aquella rueda de prensa cambiaría radicalmente mi vida. Pero la decisión ya estaba tomada. No había vuelta atrás. Me llené de valor y apoyé mi cuerpo contra la puerta, que, suavemente, se abrió.

2 comentarios:

  1. demasiadas emociones en una sola entrada...corten!! =) me ha encantado el giro, FLIPO contigo!!

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  2. buenisimo!!!!me gusta la frase de: "la ignorancia es el mejor sedante para muchos de los problemas que nos rodean en el día a día" !!

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